El ser humano no es tan sólo un animal del que podamos decir que en ocasiones logra usar su razón para llegar a realizar cosas grandes que permanecerán en el tiempo, sino que además es aquel que es capaz de conciliar su instintividad, su emocionalidad y su racionalidad para conquistar una plenitud interior cada vez más vasta. Esta felicidad profunda está estrechamente ligada y vinculada con la capacidad que la persona tiene de poder ser un homo reciprocus, es decir, aquel que logra realizar gestos que brotan del desinterés más absoluto y que persiguen un bien común del todo universal. Tal vez el verano nos deje descubrir este hermoso fruto que ya pende en la interioridad de muchas personas alrededor del mundo y que logra reencantar la mirada de aquellos otros que, más pesimistas, no logran conquistar la medida de esperanza necesaria para afrontar con el ilusión el día a día. La tormenta y el frío siempre terminan por dejar paso a la calma y la calidez necesaria para que las flores alcancen su plenitud en los frutos, del mismo modo que hay manos cuyos gestos traslucen la reciprocidad necesaria para el bien y buen vivir de todos.

Jose Chamorro

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